El poder político ha transformado a los partidos en México, que han pasado de ser organizaciones con propósito trascendente a simples vehículos para acceder al poder. Morena no escapa a esta dinámica, aunque su origen como proyecto personal de Andrés Manuel López Obrador para ganar la Presidencia lo diferencia de otras fuerzas políticas. A diferencia del PRI, que con el tiempo aceptó la pluralidad y facilitó una transición democrática ordenada, Morena se concibe a sí mismo como la representación total del país, negando la coexistencia con otras fuerzas.
Las señales de descomposición en la coalición gobernante
Observadores acuciosos advierten que la coalición gobernante comienza a desmoronarse. El PT, partido muy próximo al régimen, muestra signos de rebeldía frente al acuerdo de competir con Morena en todas las elecciones. El fallido intento de reforma electoral elaborado por Pablo Gómez, bajo instrucciones de la presidenta Sheinbaum, buscó excluir a los aliados de la coalición, lo que generó expresiones de abierto repudio por parte de la entonces dirigente nacional, Luisa María Alcalde, y de los intelectuales orgánicos del régimen.
Desde entonces existe, si no una ruptura, una desconfianza que no ha logrado superarse con la renovación de la dirigencia de Morena ni con los intentos de recomponer la relación con sus aliados. A la presidenta Sheinbaum y a la cúpula morenista les cuesta entender que el PT y PVEM tienen intereses propios y, en varios estados, opuestos a los de Morena. Para el PT resulta intransitable el gobernador de Oaxaca y, en Baja California, Jaime Bonilla se siente más cómodo con Dante Delgado que con Ariadna Montiel. El PVEM cedió Chiapas en 2024 y no recibió compensación, aunque ganó San Luis Potosí por sí mismo.
El factor de unidad y las amenazas externas
El factor de autoridad, propósito y unidad se llama Andrés Manuel López Obrador, pero no puede hacer valer su fuerza sin herir políticamente a la presidenta Sheinbaum. La mayor amenaza al proyecto proviene de la embestida judicial de Estados Unidos y, en ese terreno, la presidenta Sheinbaum tiene todas las de ganar. La lucha por las candidaturas es más complicada, y el problema no es la decisión, sino sus efectos en la unidad. Entre los damnificados podrían estar los gobernadores y los factores de poder en torno a los gobiernos locales, incluidas, en varios estados, organizaciones criminales.
No obstante que las diferencias dividen a Morena más de lo previsto, el poder cohesiona y la presidenta Sheinbaum y los suyos cuentan con los medios y recursos para hacer valer su autoridad. El problema es la bicefalia y aquello que no puede controlarse: Estados Unidos y los cárteles. Se suma, asimismo, el desgaste político del proyecto, que mina la eficacia del clientelismo electoral sustentado en los programas sociales. También hacen falta operadores.
De no ocurrir un problema mayor derivado de la embestida judicial de Estados Unidos, todo indica que Morena seguirá siendo la primera fuerza, pero sufrirá derrotas sensibles en varios estados y en la Ciudad de México, mientras la coalición reducirá su fuerza legislativa. El saldo será que Morena comenzará a ser percibida como el PRI de 1997: falible, que puede ser derrotado.