La reciente admisión del secretario de Educación Pública, Mario Delgado, sobre haber ofrecido un puesto en el servicio exterior a Marx Arriaga para facilitar su salida de la dependencia, ha desatado una ola de críticas y revelado prácticas cada vez más cuestionadas en la administración pública. La maniobra, lejos de pasar desapercibida, evidenció un modus operandi consolidado desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y que persiste bajo la nueva administración: el uso del Servicio Exterior Mexicano como compensación política.
Lealtad sobre mérito
La frase atribuida al expresidente AMLO sobre que en su gobierno primaba “90% lealtad y 10% experiencia” ha sido interpretada como la guía tácita para cientos de nombramientos. Esta lógica ha priorizado la fidelidad partidista por encima de la formación técnica y la trayectoria profesional, especialmente en puestos clave de representación internacional. Como resultado, embajadas y consulados han sido ocupados por exgobernadores, aliados políticos y figuras sin experiencia diplomática alguna.
Entre los casos más notorios figuran Claudia Pavlovich, quien pasó de Barcelona a Panamá; Carlos Miguel Aysa en República Dominicana; Omar Fayad en Noruega; y Carlos Joaquín González en Canadá. Todos estos nombramientos han sido vistos como recompensas por alineamientos estratégicos o rupturas con otros partidos, más que por su idoneidad para el cargo.
Costos diplomáticos y éticos
La designación de Carlos Joaquín, en particular, ha generado indignación. Su gestión al frente de Quintana Roo terminó con una deuda colosal, proveedores impagos y múltiples acusaciones de malversación. A pesar de ello, fue colocado en uno de los puestos diplomáticos más importantes del país: la embajada en Canadá.
Este patrón ha tenido consecuencias tangibles en la imagen de México en el extranjero. La embajada en Londres enfrentó una crisis reciente tras graves denuncias laborales contra Josefa González Blanco. En Shanghái, un enfrentamiento entre funcionarios consulares derivó en un escándalo que manchó la reputación institucional. Y ahora, bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, se mantiene la tendencia de designar perfiles políticos sin formación diplomática, lo que refuerza la percepción de improvisación.
Un caso emblemático
El episodio con Marx Arriaga resume el problema. Sin carrera diplomática, sin experiencia en política exterior ni servicio en el extranjero, se le ofreció una representación internacional como si se tratara de un cargo menor.
“Aceptar ante los medios que ofreció un consulado o embajada a Marx Arriaga para facilitar su salida de la Secretaría de Educación -donde ya no lo soportaban- no sólo evidenció un torpe intento de negociación política, sino que confirmó la práctica que inició en el sexenio de López Obrador y que hoy continúa: convertir el Servicio Exterior Mexicano en premios de consolación o pago de favores.”
Un llamado a la profesionalización
La diplomacia no puede ser moneda de cambio ni refugio para figuras incómodas.
“El Servicio Exterior Mexicano no es botín ni refugio, sino una estructura profesional que debería estar blindada de favores y lealtades partidistas.”
México requiere representantes capacitados, no funcionarios serviles ni militantes con cargos diplomáticos por cercanía al poder.
“ZARPAZO: Si en la 4T pensaron que bastaba ser obradorista declarado, retador e insolente para merecer una embajada, se equivocan. Ninguna representación de México puede depender más de gratitudes personales ni de cercanías ideológicas… mucho menos de afectos cultivados en el poder.”
Exigir que los puestos diplomáticos se asignen con base en mérito y no en lealtad es una necesidad urgente. Cada nombramiento improvisado no sólo debilita las instituciones, sino que expone al país ante el mundo como un Estado donde el cargo público sigue siendo un premio de consolación.